Low Cost y Arquitectura


Sin duda muchos de ustedes habrán utilizado alguna modalidad Low Cost durante estas vacaciones, ya sea una línea aérea de bajo coste, un hotel de bajo coste o incluso un buffet de “come todo lo que puedas”.
El impacto del Low Cost en nuestra vida cotidiana ha sido tan contundente en los últimos 5 años como en su día lo fueron las redes sociales, internet o el teléfono móvil. ¿El secreto de su éxito? Como siempre, poder hacer más o igual por menos dinero.

No puedo ocultarlo, yo también he sido usuario Low Cost durante estas vacaciones, de una línea aérea para ser más precisos. El vuelo en estas líneas de bajo coste viene caracterizado sobre todo por el espacio tan reducido entre asiento y asiento, lo cual  hace que las rodillas de uno toquen el cogote del pasajero de delante. También últimamente se observa un bombardeo constante durante todo el vuelo con más publicidad que en Telecinco, lo que hace si cabe misión aun más imposible el poder conciliar el sueño durante el trayecto.  

Mientras sufría en mis propias carnes lo relatado anteriormente,  me puse a pensar en cómo eran las líneas aéreas hace 20 y 40 años.  Desde los años 50 hacia adelante viajar en avión fue progresivamente siendo más y más glamuroso. La leyenda que gira alredor de las azafatas de vuelo sobre el glamour, el estilo y lo excitante que se supone que son sus vidas,  se forjó sobre todo gracias a las novelas de Judith Dale y Trudi Arlen en los años 60. También peliculas como las de James Bond contribuyeron a este aura de lujo y estilo que rodeaban a los vuelo en avión.  Los precios tan prohibitivos de los billetes hacía que los viajes se escogieran con mucho mimo, impidiendo por lo general que se pudieran hacer muy a menudo. Ir a lugares tan lejanos como China o Australia eran verdaderas aventuras que después contar a hijos y nietos. Sin embargo viajar grandes distancias a día de hoy se ha depreciado mucho. ¿Quién no tiene algún conocido en Facebook que haya colgado fotos de su último viaje a Japón o a Nueva Zelanda con el pobre ciudadano de turno que pasaba por allí con cara de despistado?

Podemos decir sin tapujos que viajar ha perdido su encanto debido a las Low Cost. Es verdad que ahora el mundo es más pequeño y que todos estamos más conectados y mejor informados, pero el Low Cost ha quitado mucho del encanto de los largos viajes. La teoría no era mala, que todo el mundo tenga acceso a viajar donde quiera por un precio muy módico. Esto se ha conseguido. Pero también se ha conseguido que una experiencia tan especial pierda su encanto y se vea como algo totalmente cotidiano. 

Interior de la clase Business en los años 50
Siempre habrá quien diga que quien quiera glamour en un avión se compre un billete de 2000 euros en una compañía aérea árabe, pero seamos realistas, ¿cuántas personas pueden permitírselo? Pocas. En el momento que sabes que puedes tener algo muy básico y funcional  por un precio muy competitivo, estás dispuesto a dejar de lado todo lo superfluo. El problema es cuando lo superfluo no lo es tanto como pensábamos.

Hace algunos días salió una noticia en la que se hablaba del enorme riesgo que presuntamente comete la compañía Ryanair con sus aviones para poder ahorrarse unos miles de euros en carburante. Esta actitud compromete gravemente la seguridad de los pasajeros, y de hecho tres aviones tuvieron que realizar sendos aterrizajes forzosos ya que su ruta tuvo que ser desviada a causa de tormentas y no llevaban el suficiente combustible para terminar el viaje. Esto ya son palabras mayores, y no se trata meramente de recortes “superfluos”.

La arquitectura como no podía ser menos, no escapa de todo esto. Personalmente no estoy en contra de hacer la arquitectura más racional para llegar a un presupuesto más razonable. Pero esto debería tener unos límites. Recordemos que la arquitectura no es algo individual y aislado, sino que forma parte de una entidad completa, que es la ciudad. La época del funcionalismo total y absoluto en la arquitectura pasó hace tiempo, y su ejemplo más claro son las Siedlungen alemanas de principios de los años 20.

Siedlungen en Hamburgo

La palabra Siedlungen en alemàn significa colonia o urbalización. Las Siedlungen eran viviendas extremadamente funcionales y baratas que se hicieron para la mano de obra que trabajaba en las fábricas. Abandonaban cualquier tipo de ornamentación al exterior, y en el interior los espacios se optimizaban al máximo. El resultado eran autenticas cajas de zapatos, con poco espacio para poder soñar.  Las Siedlungen en su conjunto  no eran capaces de constituir una ciudad de interés, rica y diversa. Lo creamos o no, la calidad de vida en una ciudad viene muy determinada por el tipo de arquitectura  que hay en ella. Hay que apostar por la urbe, y eso no se hace volviendo a tipologías ultra-raciones y meramente funcionales.

Todos estamos de acuerdo en que la mínima función que debe cumplir una casa es la de proteger. Proteger de la lluvia cuando llueve, calentar en invierno cuando hace frio y refrescar en verano cuando hace calor. Está muy mal cuando una vivienda espectacular de diseño no cumple estos requisitos mínimos, pero tampoco está bien cuando una vivienda cumple tan solo con esos parámetros. 

Barrio de los Pajaritos en Sevilla
Estoy de acuerdo en que la crisis está ayudando a que los arquitectos pongamos lo pies en el suelo y seamos más racionales. Pero sería inadmisible convertir nuestras ciudades en tristes urbes Low Cost. Ejemplos de este tipo de ciudades tenemos muchos, solo hace falta darse una vuelta por los ensanches de los años 50, 60 y 70 de la mayoría de las ciudades (barrio de la Fortuna en Madrid, barrio de los pajaritos en Sevilla, etc…)

Me parece muy bien y muy inteligente quitar una aceituna en todos los menús para ahorrar cientos de millones, pero me parece deleznable quitar combustible de los aviones para ganar miles de millones a costa de poner en riesgo la vida de las personas.

Dejémonos de tanto calificativo “Low Cost” y empecemos a decir racional. El verdadero bajo coste es aquel que mantiene exactamente la misma calidad por menos precio. Y esto,  queridos lectores, no es siempre tan fácil como quitar una simple aceituna de un plato.

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