Megalomanía y Arquitectura




Estas Navidades tuvimos la oportunidad de pasar tres días en Sevilla. Sevilla es una ciudad que me encanta y que he podido visitar varias veces porque tengo varios familiares viviendo allí.


Sin duda, como decía la canción, Sevilla tiene un color especial. Su casco urbano tiene algo mágico, con su infinidad de estrechas calles que se abren paso en todas direcciones cortando unas con otras. De vez en cuando estas calles cortan con plazas escondidas, delimitadas por naranjos y en las que los transeúntes pueden disfrutar de una cervecita en alguna de las terrazas que siempre hay a cada paso.

A todo esto se le suma la gran cantidad de edificios monumentales que irrigan todo el centro urbano, como la grandiosa catedral, con su minarete vestigio del pasado árabe, la torre del oro o la siempre maravillosa Plaza de España de Aníbal González.

Yo también añadiría que otro elemento que hace de Sevilla una ciudad muy hermosa son sus gentes. Siempre me llama la atención la amabilidad y el “salero” de los sevillanos. Es habitual que alguien se acerque a entablar una conversación amistosa o que cuando preguntas a alguien una dirección, demuestren una gran paciencia en explicar todo, sin cejar hasta que comprueban que has retenido bien cómo ir.

Por todo esto y más, Sevilla me encanta. Aunque en este último viaje terminé terriblemente irritado por uno de los últimos proyectos que se han hecho en Sevilla.

Hay dos proyectos muy controvertidos en la ciudad, uno de ellos en construcción, la torre de Cesar Pelli junto al Guadalquivir. El otro es el proyecto Metropol Parasol, más conocido como “las setas de Sevilla”.  Este último es sobre el que quiero basar este artículo.


Metropol Parasol es un proyecto adjudicado en un concurso público abierto por el ayuntamiento de Sevilla en el año 2004. El concurso pretendía revitalizar la Plaza de la Encarnación, que desde 1973 era un solar inutilizado. Primero porque en ese año se demolió el antiguo Mercado de la Encarnación por encontrarse en muy mal estado, y segundo, porque en 1990 se decidió hacer un parking subterráneo que fue paralizado por encontrarse restos arqueológicos pertenecientes a la época romana y andalusí.

La plaza de la Encarnación se encuentra en un enclave estratégico del centro de la  ciudad, a 10 minutos de la catedral y a 10 minutos del río.

El proyecto ganador del concurso resultó ser el del arquitecto alemán Jürgen Mayer.

El proyecto proponía la creación de una estructura ligera de madera  elevada sobre el terreno para respetar los restos arqueológico hallados en los años 90. A la vez, el vacío creado entre los restos y el comienzo de los parasoles, daba lugar a un espacio para un nuevo mercado.

El proyecto de Metropol Parasol, además de tener un nombre horrible (menos mal que los sevillanos tienen gracia hasta para cambiar el nombre original  por el de “Las Setas”), es el resultado del diseño paramétrico.


El diseño paramétrico está basado en las nuevas ciencias de la complejidad (fractales, dinámicas no lineales, caos y sistemas auto-organizados) que intenta imitar el crecimiento de los elementos orgánicos en la naturaleza.

Si bien el diseño paramétrico ha existido desde la década de 1960, fue recién en este siglo, con los avances en materia de tecnología digital, que se ha convertido en una nueva manera de proyectar, reduciendo los esfuerzos necesarios para crear y modificar variantes en el proyecto.

He de decir es que no estoy en contra del diseño paramétrico, pero estoy en contra de los arquitectos que dicen controlar esta herramienta, cuando no es para nada verdad. Un ejemplo de esto es el proyecto de Sevilla de Mayer, donde cualquiera puede apreciar que el arquitecto alemán no solamente no ha entendido la idiosincrasia de la ciudad y el contexto de la Plaza de la Encarnación; si no que ha perdido cualquier referencia espacial, monumental y arquitectónica.

Para empezar, se trata de un proyecto claramente fuera de escala. Tanto es así, que en algunos puntos los parasoles pasan tan cerca de los balcones de las viviendas que dan la impresión de poder tocarse con la mano. Ni que decir tiene la sombra que producen sobre estos balcones. Me gustaría saber qué opinan sus dueños, que ya no pueden disfrutar del sol invernal durante todo el día en sus terrazas.

En cuanto a los problemas de partida, el principal era dotar de vida un solar que llevaba inerte desde hacía cuarenta años. Como explicaba anteriormente, el proyecto se tuvo que elevar respecto del suelo por el descubrimiento de unas ruinas romanas. El arquitecto decidió solucionar esto con una plaza elevada 4.5 metros por encima del nivel del suelo. ¡4.5 metros! Tantos escalones son necesarios que se han debido instalar unas escaleras mecánicas. Sí, como lo leen, una plaza pública exterior con escaleras mecánicas que funcionan de noche y de día.

Una vez que llegamos a esta plaza elevada, que suponemos que merece la pena por todo el esfuerzo que se ha tenido que hacer, uno descubre con asombro que ¡la plaza está totalmente vacía! Es una plaza oscura, sin brillo, donde las setas conectan de una manera muy torpe con el suelo y el espacio no tiene vida.  Tan sólo unos tristes bancos y un pequeño área de juegos,  encargado por catálogo, son todo lo que tiene que aportar esta nueva plaza. Algo especialmente hiriente en una ciudad que se define por la belleza de sus plazas. Sobre todo cuando el objetivo principal era dotar de vida este solar vacío.


Finalmente decidimos subir para ver, lo que debe ser, el punto fuerte del proyecto. La primera incongruencia es que para subir, hay que bajar. Y estoy seguro de que no seré la primera persona a la que le ha pasado esto. Después de mucho mirar en la plaza y de no descubrir ninguna manera de subir; preguntamos a una de las dos o tres personas que deambulaban por esta plaza solitaria y nos indican que hay que descender para comprar un ticket. ¿Un ticket? Como no podía ser de otra manera, la parte gratuita del proyecto es la parte solitaria y si se quiere visitar la parte VIP, hay que pagar.

Descendiendo a la parte de las taquillas descubrimos las ruinas romanas en su interior, absolutamente aisladas del paso público y encerradas en una urna de cristal. Si se quieren visitar, hay que pagar aparte.

Una  vez retirada nuestra correspondiente entrada nos hacinan en un estrecho ascensor junto a un grupo de diez asiáticos. Detalle, no hay ventanas en el ascensor. Podría tener su gracia el ver cómo va cambiando la percepción de la ciudad a medida que se coge altura. En fin, los 100 millones de euros de presupuesto no dieron para ascensores panorámicos.

Una vez arriba, llegamos a aquello por lo que el arquitecto suspiraba tanto con hacernos ver: Su gran creación.

Sin duda, hay que alabar la manera en la que se han resuelto los parasoles, aunque habría que felicitar más a los ingenieros de ARUP, encargados del cálculo de estructuras, que al arquitecto.


La estructura está resuelta con una serie de paneles de madera. ¿Madera? Sí, paneles de madera, pero con piel de poliuretano. Por cierto, madera finlandesa. De nuevo la elección del material es un guiño hacia los sistemas constructivos y materiales de la zona. Se ve una profunda investigación del arquitecto en el tema.

Intento obviar todo esto y quitarlo de mi cabeza antes de empezar el paseo por la pasarela elevada. Quizás estoy siendo demasiado crítico. Quizás lo que me corroe es la envidia hacia un compañero de profesión que ha podido realizar un encargo así de “grandioso”.


Intento entrar en estado zen y abrir mi mente. Empieza mi paseo por la pasarela cuando pierdo el equilibrio y trastabillo. ¿Qué ha pasado? Mis ojos no pueden creerlo. He trastabillado con un pequeño escaloncito de unos 7 centímetros de altura (¿normativa?) que se encuentra al principio del paseo. Es mi culpa, tenía que haber estado más pendiente de la tira adhesiva de color negro y amarillo que marca la posición del escaloncito para que personas torpes como yo no pierdan el equilibrio.


Para mi sorpresa, estos escalones están repartidos a lo largo de todo el recorrido y yo me pregunto: ¿De verdad que estos escalones no se podían haber evitado? Después de gastarse tantísimo dinero y hacer un proyecto de estas características, ¿no se podía haber calculado la pendiente de la rampa para que fuese continua? Para mí, esto denota un descontrol absoluto del diseño.

De nuevo intento abrir mi mente y disfrutar al menos de las vistas sobre Sevilla. Para mi asombro, a pocos metros de empezar el recorrido, las vistas que me encuentro son estas:


¿Unas chimeneas de ventilación? ¿De verdad? He de decir que en este punto mi cabreo empieza a ser monumental. La gente empieza a mirarme de manera extraña buscando con la mirada  cual es el origen de mi enfado.

A lo largo del recorrido se suceden una serie de “explanadas” desiertas, recubiertas con capas impermeabilizantes de EPDM. Por lo menos estas capas imitan el color de los parasoles, eso sí.


Una de las pocas cosas positivas es que al finalizar el recorrido tienes derecho a tomarte una cañita en la terraza del bar que hay arriba. Una vez sentados, veo de nuevo otro síntoma que demuestra las pretensiones del arquitecto y su diseño. Cuando uno se sienta en la terraza tan sólo puede ver las malditas setas. Nada de la Giralda, nada de la Catedral, nada de la plaza… Setas, setas y más setas. Está claro que el arquitecto está tan orgulloso de su proyecto que nos lo quiere hacer ver en todo momento durante nuestra visita. ¿Nos está diciendo de verdad el señor Mayer que su proyecto es de mucho más interés que la Giralda o la Catedral de Sevilla? ¿De verdad?

A todo esto se unió también al final de la visita,  que al querer ir al aseo nos mandaron subir por unas escaleras de espiral (¿acceso para minusválidos?) donde casi perdemos la cabeza, literalmente. Es una lástima que no tenga fotos de esto, porque lamentablemente me quedé sin batería en la cámara, pero resulta que una viga metálica atraviesa esta escalera de manera transversal, quedando a una altura de unos 1,70 metros a un lado de la escalera y unos 2,00 metros en el otro lado. Si eres alto, como yo, y vas hablando sin mirar al frente, te abres la cabeza. Por suerte yo iba hablando, pero del lado de los 2,00 de cabezada, así que no hubo tragedia. Esto último fue ya el colmo.

Este es un gran ejemplo de las estupideces que se han hecho con el dinero público en los años pre-crisis. Comentando todo esto con un amigo arquitecto, él me decía que la culpa era del Ayuntamiento por haber elegido ese proyecto entre tantos otros. Que el arquitecto tan sólo presentó su idea en un concurso.

Yo no puedo estar más en contra de esto. Claro que el Ayuntamiento tiene culpa, pero para mí el gran culpable es el arquitecto. No se puede ser tan naif de pensar que en un concurso se puede presentar cualquier locura que te pase por la cabeza. Somos arquitectos, somos profesionales y como tales debemos ser responsables de todo aquello que dibujamos. Incluso en una servilleta de papel en un bar.

Los concursos de arquitectura no son un juego y debemos ser responsables y consecuentes con lo que hacemos. Para jugar mejor nos compramos un LEGO.

Este proyecto del señor (por llamarle de alguna manera) Jürgen Mayer es una auténtica atrocidad que dejará marca en la ciudad de Sevilla durante años. Por favor, que no me vendan más aquello de que se ha convertido en un icono de la ciudad que atrae turistas. Sevilla tiene ya suficientes iconos para atraer el turismo. Y al contrario de lo que piensan muchos, el encanto de esta ciudad y el motivo de que la gente vuelva, no son tanto los iconos arquitectónicos como la Catedral o la Torre del Oro, si no la alegría de sus gentes, el color de sus calles, el sabor de sus tapas y el encantos de sus plazas.

Metrosol Parasol es uno más de los ejemplos de arquitectos megalómanos, donde se cree que la arquitectura está por encima de la ciudad y la sociedad. Recordemos de nuevo que este proyecto ha costado 100 millones de euros de los contribuyentes, en una de las comunidades más azotadas por la crisis.

Cualquier arquitecto recién salido de la escuela tiene aprendido por lo menos dos cosas a la hora de abordar un proyecto: la escala debe respetar el contexto y los problemas de inicio deben resolverse sin aportar nuevos problemas.

Ojalá que las nuevas generaciones de arquitectos, donde me incluyo, sepamos entender que el futuro debe pasar por convertirnos en generadores de espacios que enriquezcan las ciudades y no por la frivolidad de ser un “arqui-star” con proyectos que olvidan los principios más básicos de la arquitectura.




1 comentario :

  1. Muy interesante la descripción de lo que como arquitectos nos es inevitable observar. Que triste que las intervenciones para beneficio de la sociedad (sobre todo a la que describes) sean tomadas de manera muy superficial. Pero de los errores se aprende, sobre todo el de otros.

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