Ilusión y Arquitectura




Las vacaciones son, o por lo general deben ser, días de descanso. Para quien escribe estas líneas, también suelen ser días de reflexión.

Yo siempre comento que considero los años laborales como cuando era estudiante, es decir, de Septiembre a Septiembre. Así que las vacaciones de verano son el momento en el que hago valoración sobre cómo ha ido el año.

Sin embargo, este año me había propuesto algo bastante complicado, desconectar de la Arquitectura. Ha sido un año muy intenso y necesitaba reposar mis ideas. Como pueden comprobar, he fallado. Aquí me encuentro con mi portátil, frente al mar de Valencia, escribiendo estas líneas.

Y es que es difícil desconectar cuando algo te apasiona. Muchas veces los arquitectos olvidamos lo tremendamente afortunados que somos de dedicarnos a algo que es nuestra pasión y nuestro modo de entender la vida.

Nuestro gremio lleva ya varios años con un discurso gris, negativo y un tanto cansino acerca de la situación actual de la arquitectura y lo complicado que tenemos el futuro los que nos dedicamos a esta profesión. Es difícil no dejarse contagiar por esta atmósfera cuando todo el mundo alrededor se ve inmerso en esta dinámica.

No me digan que no están realmente cansados de aquello de: "Ay, ¿es usted arquitecto? Qué mal está la cosa, ¿eh? Cuánta corrupción ha habido. Y la cantidad de viviendas vacías que hay en España... Mire la ciudad esa del Pocero, Seseña creo que se llama. Cuánto derroche."

O,

"¿Que su niño va a estudiar Arquitectura? ¡Con la que está cayendo? ¿Lo ha pensado bien? Ahí se trabaja mucho, cuando hay trabajo, y se cobra poco. ¿No ha pensando mejor un trabajo más lucrativo en la banca o como político corrupto en alguna alcaldía?"

Una de las decisiones más complicadas a las que debemos enfrentarnos en nuestra etapa adulta es saber cuáles son nuestras prioridades en la vida. Para algunos, el objetivo supremo es ganar dinero, independientemente de a lo que se dediquen. Otros buscan el poder. Otros buscan el prestigio...

Yo desde muy joven, y otros tantos como yo, decidimos ser Arquitectos. Con "A" mayúscula. Una profesión con una tradición milenaria. (Se piensa que fue el egipcio Imhotep, alrededor del 2650 a.C. el primer Arquitecto de la historia). Una vocación que obliga a ser curioso sobre todo lo que nos rodea. Un estilo de vida que permite maravillarse de los juegos de los rayos del sol a través de las ramas de un árbol, de los tonos verdes y ocres de un campo de olivos, de las líneas puras de una cantera de piedra o de la complejidad ordenada de una célula vista al microscopio. Y no solo eso, si no aplicar todas estas pequeñas maravillas en una lógica que permita crear un proyecto arquitectónico.

Es muy difícil hablar despectivamente de una profesión que enseña a apreciar la belleza que nos rodea todos los días.

Tener ilusión y ser positivos no significa renegar de la realidad y llevar una vida paralela y utópica, pero es cierto que generalmente lo negativo llama a lo negativo, y por contra, lo positivo llama a lo positivo.

Estos últimos años han demostrado que los arquitectos con actitud positiva y que no han dado nada por perdido, son los que mejor han sabido moverse y adaptarse. Bien buscando trabajo en tierras extranjeras, bien sabiendo adaptar su perfil al mundo educativo o reinventándose en nuevos medios laborales.

Tampoco debemos ser ilusos y pensar que tan solo la actitud puede hacer cambiar el mundo, pero es cierto que las oportunidades se detectan mejor cuando se afronta el futuro con optimismo, aunque este sea incierto.

Así que, ¿por qué no aprovechar las vacaciones para cambiar de discurso, dejar de lamentarnos y afrontar los nuevos retos de una manera más positiva y optimista?

¿Por dónde empezar? Hay mucho que hacer.

Yo por mi parte he decidido volver al origen. Gaudí decía que la originalidad esta en volver al origen.

Así que estos días me estoy leyendo un libro sobre la historia de la Arquitectura que me han regalado: “The history of Architecture. Iconic buildings throughout the ages”. Su autor es Gaynor Aaltonen. Se trata de un libro bastante completo que va desde los primeros asentamientos del Neolítico hasta la Arquitectura del siglo XXI.

Una de las cosas que escribe Aaltonen es que la arquitectura importa porque puede unir o dividir a la sociedad y que es capaz de hacer esto porque la Arquitectura define nuestros valores. Pone como ejemplos las diferencias entre el estilo del Palacio de Westminster en Londres y el Capitolio en los Estados Unidos. El primero representa una declaración de historia y tradición, mientras que el segundo simboliza el nacimiento de un idealismo democrático basado en una cultura extranjera con siglos de antigüedad: Roma.

La Arquitectura es capaz de perdurar durante milenios, siendo muchas veces el único testigo capaz de contar cómo eran las sociedades de otros tiempos ya remotos.


Yo me sigo emocionando y también ilusionando con la posibilidad de contribuir a este legado milenario y espero que esto me siga pasando siempre. El día que esto no ocurra tendré que ponerme a estudiar otra carrera de vocación.




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